Ahora que veo que con su última película, el genio Woody Allen me decepcionó un poco, recupero en la memoria una de sus más brillantes comedias, comedia negra, irónica, satírica, mordaz y muy ingeniosa.
Con su reparto casi habitual en esos momentos de su brillante filmografía, como Diane Keaton, Alan Alda o el propio Allen, el director firma un divertidísimo guión, de ritmo ágil y a veces enloquecido, roza el desenfreno habitual de sus primeros tiempos, pero esta vez con una elegancia exquisita que logra meternos de lleno en la trama.
Los 108 minutos de metraje giran en torno a las obsesiones de una aburrida Diane Keaton, que en busca de alicientes en su anodina vida, ve como salida a su rutina marital, investigar a su vecino, pues sospecha que este ha matado a su esposa, al contárselo a su marido (Woody Allen) este se burla de ella y la trata de paranoica, empeñándose en quitarle esa absurda idea de la cabeza, mientras ella busca consuelo en su pretendiente y amigo de la pareja, encarnado por Alan Alda, Allen espoleado por los celos accede a ayudarla a regañadientes, pero más que nada por controlar de cerca los impulsos sexuales de Alda.
De paso la excelente fotografía de Carlo di Palma nos retrata perfectamente el ambiente de Manhattan, y el maestro Allen reivindica en sendos homenajes a Billy Wylder, Hitchcock y sobre todo a Orson Welles en la escena de los espejos, que ya el genio ideó años atrás para La dama de Shangai, también como no, refleja las obsesiones que persiguen al personaje que Allen interpreta en el cine habitualmente y que plasma de manera cómica y magistral, claustrofobia, la muerte, manías, hipocondría, utilizando para ello una amalgama de gags a cual más hilarante.
La química entre los personajes es perfecta, la magia está patente desde la primera escena, además el añadido de ver a Woody Allen de detective no tiene precio, personaje este, que retomaría años después en la muy recomendable La maldición del Escorpión Jade.
Frases tan memorables como Claustrofobia y un cadáver, el colmo de un neurótico (mientras están encerrados en el ascensor con el cuerpo del delito) o Cada vez que escucho a Wagner me dan ganas de invadir Polonia, o la escena en la que los “detectives” graban un mensaje amenazante con el magnetófono, dignas de ver una y otra vez.
Para mí es la película más disfrutable de Woody Allen, no pierde con el paso del tiempo, utiliza el drama de la rutina y decadencia de un matrimonio para hacernos ver que con un poco de sal en nuestra vida y un motivo para despertar, siempre es posible superar cualquier problema y de paso… resolver un crimen.
Un detalle que me encanta de esta película es que más bien no parece que estén actuando, logran hacernos creer que en realidad son una pandilla de amigos que se han encontrado un “caso” y disfrutan tanto tratando de resolverlo que no hace falta nadie más a su alrededor, cada vez que la veo me transmiten esa sensación de improvisación en algunos momentos que sin duda son uno de los grandes atractivos para mí como espectador.



Abril 24th, 2009
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