Ana Torrent, cuando vi El espíritu de la colmena, no pude apartar de mi mente esos ojos abiertos como dos pasadizos a la fantasía, a la búsqueda del reflejo de la criatura a la que dió vida Víctor Frankenstein aquella tormentosa noche de invierno.
Otro Víctor, Víctor Erice, rueda este imperecedero ejercicio de fantasía y realidad, de homenaje a la España de la posguerra y al cine de barrio, que no es más que un magistral clásico del cine español.
La acción se sitúa en la España de los años 40, en un Domingo cualquiera de esos donde nuestros padres y abuelos nos contaban que ese día había película, la mejor manera de evadirse de la hambruna y los problemas que azotaban a nuestra sociedad, pero ese Domingo rojo en el calendario, la vida cambiaría para Isabel y Ana, pues verán “El Doctor Frankenstein” y para la pequeña Ana comenzará su odisea en búsqueda de su Prometeo, ese patético ser hecho de jirones de carne muerta que solo busca un amigo que le comprenda, que le ayude a entender el porque de su torpeza y su mudez, que le esplique porque la sociedad le rechaza, ella querrá ser ese amigo que tanto desea el monstruo, querrá ser esa niña que le dio la margarita en la orilla de aquel estanque, ajena a la realidad de una vida en aquella época de nuestro país, donde el miedo y la ignorancia eran asignaturas de colegio.
Es una película lenta, lentísima, de color ámbar y ceniza, de paisaje desértico y de personajes que más bien son fantasmas, una película que te sumerge en un abismo hipnótico y de un silencio sepulcral, donde todo o casi todo es poesía y metáfora, la vida de los padres de ellas, él apicultor, ella ama de casa que fantasea con un galán que una vez tuvo, recluidos en su monotemática vida cual abeja en su celdilla, ellas, una busca e invoca a ese monstruo y ella trata de convencerle de la gran mentira que es el cine, la pequeña Ana con sus ojos que llenan la pantalla busca al espíritu del moderno Prometeo allá donde va, junto al pozo donde le llama mientras observa esa huella de un pie enorme, en el muñeco que crean en la escuela, el maqui que la niña conoce mientras busca al monstruo.
El director logra una cinta de corriente expresionista, creando atmósferas de color para cada escena, influyendo notablemente en la sensación que nos quiere provocar, dejando al espectador la libertad de reflexionar, atar cabos y entender a la manera de cada uno lo que este nos ha querido contar, pero este truco solo funciona con los que nos sentamos sin más a contemplar, gran virtud de esa obra es la de hacernos buscar y enlazar pista tras otra, de ahí la metáfora de la vida en la colmena, recomiendo ver esta película como si el espectador estuviera ante un cuadro, un gran cuadro con pocos personajes y muchos silencios, pero lleno de detalles que nos irán abriendo puertas hacía esos pasadizos a la fantasía que son los ojos de Ana.



Marzo 26th, 2009








Posteado en
General
Tags: