El gran y casi genio Berlanga dijo una vez que los que iban al cine a comer palomitas eran unos incultos y unos … y yo me sentí aludido, ¿y quien no? francamente la afición a las chuches o a las palomitas en el cine ya me viene de lejos, cuando todavía existían aquellos cines de barrio, con el olor a madera vieja, con esos chirriantes asientos y esos viejos tablones enmoquetados que al paso del entrañable acomodador y un servidor no dejaban de crujir, seguramente ese viejo sonido hoy en día sería un lamento provocado por el abandono y la nostalgia de los viejos tiempos.
Aquellos cines con palcos privados, cuya apertura o no dependía del lleno de la sala, alguna vez he disfrutado en los viejos cines Alcázar o Gran Teatro de mi ciudad viendo la película desde semejante y distinguida posición, el truco era esperar a que se llenara la sala, optaba a dos posibles consecuencias, la primera y trágica era ver la película desde la primera fila y terminar con tortícolis, o bien que abrieran el anfiteatro, casi siempre tocaba primera fila, pero como antes dejaban quedarte de nuevo, subías a verla otra vez desde arriba, eso sí, para disgusto del señor Berlanga me tocaba comprar palomitas por segunda vez, recuerdo que aún no las había de máquina, eran de bolsa de plástico, casi siempre rancias, de esas que rechinan entre muelas, terminabas de sal como para darte un infarto, como si hubieras vaciado una cazuela de bacalao y con una sensación interdental de lo más incómoda, pero era un ritual, hacer cola para la entrada y cola para las chuches, si ibas en pandilla de chicos, unos se adelantaban a ocupar, si eras afortunado de ir con chicas, los más caballeros las esperábamos con la excusa de preguntarles si querían palomitas, chimos, bollycao, empanadillas o xuxos de crema, el caso era merendar en el cine, de ahí que me viene de lejos y al final uno se acostumbra, te ibas de casa y no volvías hasta las tantas, había que comer algo y que mejor manera de comer algo que no comerías normalmente, en el cine se puede uno comer lo que jamás probaría habitualmente, es el embrujo y la magia de las películas, podrías estar engullendo hasta el infinito y más allá, siempre estaba el botellín de coca cola para refrescarte.
Con los años todo eso cambió, llegaron las bebidas ultra carbonatadas de máquina, las palomitas recién hechas, aunque éstas nunca las he podido probar porque siempre hay una tonelada cocinadas previamente y cuando llegas nunca te ponen las que salen de la calderita si no que te meten el recipiente en el cristal del mostrador donde las guardan, justo lo más lejos posible de las más calientes, en definitiva los tiempos cambian pero las palomitas rancias se siguen devorando con fruición y avidez en todos los cines, algunos por hambre, otros por vicio, otros como yo confieso que lo hacíamos con doble intención, la recompensa era rozar fugazmente los dedos de nuestro amor platónico del colegio o de la primera pandilla, incluso la prima de algún amigo, en esa época era casi pornográfico el poder sentarte al lado de una chica en el cine y compartir las chuches esperando coincidir justo en el momento en el que protegidos por la oscuridad ambos introducíais los dedos hurgando en la bolsa buscando palomitas y alejando granos de maíz, aunque la película fuese no tan buena, ese hecho lo justificaba todo.
Se vivía de otra manera, era un ritual, el acomodador corría las cortinas, cesaba la música de ambiente, se hacía el silencio y empezaban los anuncios, Muebles la Fábrica, Alfombras la Imperial, General Optica, más ruido, pantalla en blanco, enganche de bobina y de nuevo silencio, tres tráilers que observabas alucinado, ya que nunca habías visto Tron, Mad Max, Cazafantasmas, El imperio contraataca, Indiana Jones, incluso los trailers se aplaudían a rabiar, un margen de un par de minutos para cambiar bobinas, durante los cuales te acomodabas y jurabas venir a ver esa y la otra que anunciaban, de pronto empezaba la proyección y con ella el ritual, te habías guardado las palomitas para la peli, quizá habías picado una para dejarte el sabor, como cuando abres una lata de aceitunas rellenas, que pones en el plato pero siempre coges una, además tenías ese día una suerte inmensa, la chica de al lado era guapa, había apoyado el brazo justo al lado del tuyo y te había rozado la mano, las palomitas no estaban rancias, el del asiento de delante no te tapaba con su tridimensional cabeza y su alborotado pelo y para colmo la peli era genial, nadie a tu alrededor era el típico gracioso que ya la había visto y se dedicaba a decir aquello de ahora verás, ya verás ya, ahora ahora, cuidado cuidado, fíjate en el armario ahora, o aquello de, en la siguiente escena la matan pero no se le ven las tetas, dios, ya te habían estropeado el día, si la película era de aquellas malas de sesión matinal de Domingo, casi que te levantabas y te ibas, más que nada porque ya habías visto la que venía luego, o era un péplum o era alguna bélica tipo Los cañones de Navarone.
Incluso el trabajo del sufrido acomodador ha cambiado, antaño al margen de tratar de mantener el orden, se afanaba en procurar un buen asiento los rezagados, o linterna en mano daba una señal a aquella parejita que había cruzado la línea de lo decoroso, ahora, ponen el anuncio anti piratería, el acomodador se da una vuelta observando el horizonte en busca de alguna videocámara y poco más, aquel empleo que le daba un estatus casi de sargento de la policía ha desaparecido, a veces de tantas llamadas al orden te terminaba por echar de la sala, esos señores vivían en stress constante cuando empezaba la proyección, ahora solo te dedican una mirada glauca mientras te rompen la entrada y te dicen lánguidamente, sala uno, al fondo a la derecha.
De todos aquellos que me molestaron por su altura luego me vengué, aunque no pude disfrutar de las mieles de mi 1’90 por mucho tiempo, ya que aquellos viejos cines con aseos de película de terror se fueron olvidando, sus viejas butacas de tapicería roja y muelles rotos siguieron anhelando las visitas de aquellas bandas de niños gamberros llenos de sueños que jugaban a ser héroes mientras veían al doctor Indy Jones con su látigo, aquellos quienes dejábamos un reguero de palomitas y envoltorios de caramelos Sugus allá por donde pisábamos, aquellos que seguimos odiando las salas piramidales donde la magia ha desaparecido y se ha visto truncada por el consumismo, aquellos que no queremos ver 50 anuncios y 25 trailers de basura antes de ver nuestra peli, que estaba anunciada para las 22’30 y empieza realmente a las 23’15, aquellos que en nuestros recuerdos seguimos oyendo aquel sonido a huevo frito y lata que nos parecía lo mejor, quienes leíamos las palabras Cinemascope y Technicolor y sabíamos que habría espectáculo asegurado, aquellos que, lo siento señor Berlanga, comíamos palomitas.



Noviembre 5th, 2009








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